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ALBERTO ÁNGEL MONTOYA - ROMANCE DE LA NIÑA INOCENTE

 No me la mostréis vestida

que yo la miré desnuda.
Su propia piel la ceñía
veste a su propia hermosura.
Y era de armiño su cuello
que en red de venas se azula.
Y era el sostén de sus senos
su sola forma alta y dura.
Y para el seno por joyas
los corales de sus puntas.
Y el banco raso del torso
bajando hasta la negrura
del terciopelo que al sexo
a un tiempo exhibe y oculta.
Y eran sus piernas de seda.
Y eran sus plantas menudas.
-Tan menudas que en mi mano
cupieron una por una-.
Zapatos de Cenicienta,
cómo brillaban sus uñas.

No me la mostréis vestida
que yo la tuve desnuda.

Fui a su puerta de jazmines
para pedirle una brasa,
y ella me dijo que sí,
mientras mis labios miraba.
La moza criolla tenía
rostro de color de playa,
y un mar de negros presagios
en su cabeza ondulaba.
-La boca no se la vi
porque sus ojos cegaban-.
Yo la miré caminar
flexible como una liana,
y la perla de su hombro
se me engastó en la mirada.
-La brisa ciñó sus flancos
desnudos bajo la falda-.
-¿Quieres amarme esta noche,
que será noche estrellada?
Le dije, cuando me trajo
su corazón en la brasa.
-Bajo el ardor de mis ojos
sus senos se maduraban-.
Ella me dijo que sí,
y la tomé por el anca.
Ancas que yo imaginé
ancas de zebra africana.
Piernas de yegua de sangre
que así las hallé de largas.
Pisfar de indómitos bríos
hizo estremecer la pampa.
Rudo galope de besos
oyeron los que pasaban.
Centauro de dos cabezas
miró la noche asombrada.

Gemeoss

Purpúreas rosas sobre Galatea el alba entre lirios cándidos deshoja; duda el amor

cuál más su color sea, o púrpura nevada o nieve roja; de su frente la perla es eritrea, émula vana; el ciego dios se enoja, y, condenado su esplendor, la deja pender en oro al nácar de su oreja. No hay deuda que no se haga ni fecha que no se cumpla. ¡Cuántas mujeres se enamoran de un hombre, no para tenerlo, sino para no dejarlo a otra! El amor propio es el mayor de los aduladores. ¿Por qué nos alegramos en las bodas y nos entristecemos en los velorios? Porque no somos la persona involucrada. El amor tiene un poderoso hermano, el odio. Procura no ofender al primero, porque el otro puede matarte. Aunque el final del mundo sea mañana, hoy plantaré manzanos en mi huerto. Las cadenas del hábito son generalmente demasiado débiles para que las sintamos, hasta que son demasiado fuertes para que podamos romperlas.

Mi hermano ha muerto. Ya no está. Pero en mi espalda, en mi

pecho, ¡él sigue viviendo en mi!. Mi taladro atravesará el firmamento. No importa que haya en mi camino. Si puedo atravesarlo... ¡es mi victoria! ¡¿Quién demonios te crees que soy?! ¡Yo soy Simon! no soy mi hermano Kamina... ¡Yo soy yo! ¡¡Simon el Excavador!! El río corre en medio de la tempestad, ya pasó la tormenta. Sin embargo estoy tan frío acá... El viejo centenario, no vió dos primaveras en un año. No hay razas inferiores; todas ellas están destinadas a alcanzar la libertad. Cuando los gobiernos son austeros, las sociedades son prósperas. El tema de la envidia es muy español. Los españoles siempre están pensando en la envidia. Para decir que algo es bueno dicen: Es envidiable. Por ruin que haya sido el pecado, son más ruines los que con él se gozan. En el vasto campo de la intriga hay que saber cultivarlo todo: hasta la vanidad de un necio

Turismo, la circulación humana considerada como consumo... fundamentalmente no es más que la

zona de ocio para ir a ver lo que se ha convertido en banal. Bueno, si pudieras conseguir enormes cantidades de dinero simplemente siendo popular en la red, desde luego que creerías que es una tontería el salir a trabajar. Hay un tren que va directo al centro del amor, y se cae siempre al mar y te ahoga el dolor. Ella me enseñó el significado de mi vida por primera vez. Los prejuicios son la razón de los tontos El amor es la poesía de los sentidos. Es la guerra la que me ha educado; no solamente el horror de la guerra, sino también la significación de la guerra imperialista.

ALBERTO RUBIO - LA ABUELA - Se puso tan mañosa al alba fría,

la cerrada de puertas, la absoluta de espaldas, cosiéndose un pañuelo que nadie conocía. Se bajó bien los párpados. Con infinita llave los cerró para siempre. Unos negros marinos vinieron a embarcarla en una negra nave. Y la nave, de mástiles de espermas y de velas de coronas moradas de flores, era el barco que lleva a extraños puertos a las hondas abuelas. No hizo caso a nadie: ni a la hija mayor, ni a su eterno rosario: tan mañosa se puso, tan abuela recóndita metióse en su labor. Ni el oleaje de rostros, ni la llántea resaca pueden ahora atraer su nave hasta esta costa: ¡ni nadie de su extraño pañuelo ahora la saca! MESA DEL ALBA La mesa en la mañana me espera con su silla, mas se sienta la ausencia familiar a la mesa. La mesa en la mañana hasta mis ojos brilla, cuando estoy frente a ella con mi sola cabeza. Es una gota parda que brilla su rocío, entre sillas que esperan todo el día pacientes. Como un rayo de sol a calentar el frío, un hombre al desayuno se lanza con sus dientes. So...