Recorriendo tus labios busco en cada beso
un sonido a flor o vena consumida,amoroso afán de un corazón vacío.
En cada brazo que tristemente gime
un pájaro silencioso muere en tus dedos;
anhelando aéreo, fugitivo
esa catarata de cabellos deshechos
en ruidos de olvido.
Ay la rumorosa ternura que sacude las manos
cuando el cuerpo fluye gris y sin mirada
por los ojos escapando hacia el cielo.
Este cuerpo ya sobra en el olvido
de un aéreo silencio vibrador
donde los años llegan con rumor
de arterias aplacadas sin sonido.
Esta tristeza devuelve el dolor
de unos muslos ausentes y perdidos
tal espuma interpretada en sabor
a sangre y labios consumidos.
Este ciego instinto de unas penas
en el atardecer angustiado de los huesos.
Este engaño de una sonrisa que apenas
en el fondo es un cielo o unos besos
y que en la muerte será un rostro espeso
que dulcemente ocultan unas venas.
de un aéreo silencio vibrador
donde los años llegan con rumor
de arterias aplacadas sin sonido.
Esta tristeza devuelve el dolor
de unos muslos ausentes y perdidos
tal espuma interpretada en sabor
a sangre y labios consumidos.
Este ciego instinto de unas penas
en el atardecer angustiado de los huesos.
Este engaño de una sonrisa que apenas
en el fondo es un cielo o unos besos
y que en la muerte será un rostro espeso
que dulcemente ocultan unas venas.
Háblame de tus venas
y la espuma amarillenta de las lágrimas.
Háblame del torrente salobre
que los dioses desdeñan.
Escucha la marcha de la muerte
en un silencio hermoso
como la delirante soledad de una tormenta.
Háblame de la estrella rota en la lluvia
y del espejo erguido en el murmullo
de un cuerpo sin melodía.
Escucha el eco prodigando labios
y el silbo del ramaje triste
en la lejana eternidad.
Háblame de las rosas viejas
y del mármol esculpido en fatiga de ángeles,
perdidos en la forma.
Después...
Escucha la humedad de unos siglos arrodillados
repitiendo mi muerte, allá en el Sur.
y la espuma amarillenta de las lágrimas.
Háblame del torrente salobre
que los dioses desdeñan.
Escucha la marcha de la muerte
en un silencio hermoso
como la delirante soledad de una tormenta.
Háblame de la estrella rota en la lluvia
y del espejo erguido en el murmullo
de un cuerpo sin melodía.
Escucha el eco prodigando labios
y el silbo del ramaje triste
en la lejana eternidad.
Háblame de las rosas viejas
y del mármol esculpido en fatiga de ángeles,
perdidos en la forma.
Después...
Escucha la humedad de unos siglos arrodillados
repitiendo mi muerte, allá en el Sur.